
Brillabas por la vida, me encandilaste... me enceguecí.
Proyecté en vos mis miedos, nos dejé sin salida, te anclé a mis estructuras.
Y no sé si algo hubiese sido diferente hoy de haber sido diferente ayer.
Pero brillabas.
Hoy, que ya veo, veo que te vas apagando.
Me duele en la vida, en las palabras, verte convertirte en sombra.
Quisiera ser tu amiga, tu compañera, tu inconsciente,
quisiera hablarte y no de más, que mis palabras dolidas
te penetren los huesos, los silencios, las alertas,
y decirte que ahí no está lo que buscás.
Que no sé de nada excepto de perderse,
que te perdí, me perdí, todo lo dejé ir,
y hoy... te estás dejando.
Quisiera haber sido más sabia,
más honesta, más sencilla, más directa,
más segura, más calma, mucho más.
Pero si mis palabras tienen hoy algún sentido,
si hay un hilo, aunque se rompa, aunque no haya vuelta,
si todavía ves verdades en mis ojos,
si algo de mi ruido te hace ruido,
hay algo que quiero decirte:
la línea entre encontrarse y perderse
es muy fina, y no siempre se ve.
Que sólo sé de miedos, y el miedo
se esconde en uno mismo, en sus palabras,
en sus decisiones, en sus relaciones.
Que a veces lo más cómodo, lo más fácil, lo más lindo
hace mal, y no se ve hasta hasta haberse hecho herida.
Que siempre el peor miedo es con uno mismo,
y que siempre los otros absorben ese miedo.
A veces lo personifican, a veces ayudan a superarlo.
Y otras veces lo hacen carne.
Y antes de agarrarte la mano con la fuerza de una vida
o en cambio soltarte para siempre,
quiero ser la voz de tu inconciente
(preciso), y preguntarte
cuánto de vos toma esta decisión...
y cuánto de tu decisión te está tomando.
No supe darte más que mi distancia.
Y te hablo así, distante, para no serte un peso.
Quisiera tu respuesta, y no me corresponde.
No te pido nada. Sólo quiero que no te pierdas.
Que no escribas tu punto final.
Quiero dibujarte, por una vez, signo de interrogación.