martes, febrero 05, 2013

Reflexión de lunes a la noche



La persona que, en el amor, la juega de difícil, tiene, en realidad, un corazón fácil de ganar. Su dificultad es táctica, en pos de una estrategia, y sirve, a la vez, de filtro, de prueba práctica de una ilusión de persona.
Pero quien es difícil de verdad se muestra opuesto, y es que intenta, de forma constante, aprender a entregarse. Y fracasa, una, y otra, y otra vez. Pero nunca deja de intentar.

Sucede que el romanticismo cuesta caro, pues es vivir el amor con intensidad, y eso lleva a los extremos: rompe un corazón atrás de otro, o se rompe el propio corazón para evitarlo.

El difícil, en el fondo, siempre es un romántico. Espera, busca, a esa persona que no se rinda, para llegar así, juntos, a ese punto en el que los miedos se disipan. Encuentra así el amor, a la vez que supera, personalmente, sus propias limitaciones.

Si, además de difícil, es una persona ilusa, fantasiosa, las cosas se complican, pues al perderse a sí mismo se alejará del amor, o al perder ese amor se perderá a sí mismo también. Pero si, en cambio, es realista, aquellas limitaciones que supere quedarán para sí, aunque ese amor muera.

El amor honesto, entonces, consta de dos aspectos: la prueba personal, que reside en saber apoyarse en ese amor, pero para superarse a sí mismo, y la prueba del amor en sí, que reside entender, aceptar e impulsar la superación propia del otro.
Y es que el amor no es más que es eso: la capacidad de adaptarse, de construir de conjunto, las propias individualidades. Es seguirse eligiendo cada día como compañero de la vida. Es funcionar de a dos, en equipo, impulsando siempre al otro hacia adelante; crecer y hacer crecer. El amor honesto es amor puro, y simple: es hacerse bien.